dissabte, 18 de febrer de 2012

Whitney Houston


El verano de 1988 Barcelona gozaba de un optimismo olímpico. Hacía poco que había llegado a la ciudad, y el recuerdo más vivo que conservo es el de un perro y el de un ombligo. El perro se llamaba Cobi y en realidad no era un perro, era una representación diseñada para que unos pocos ganaran mucho dinero… pero eso es otra historia. Aunque está entroncada con el optimismo, las Olimpiadas, y el imán que habían supuesto para la ciudad, atrayendo todo tipo de acontecimientos, algunos impensables pocos años antes. Por ejemplo: que las grandes estrellas del rock incluyesen Barcelona en sus giras mundiales. Y aquí me resulta imposible no recordar el obligo que durante unas semanas colgó en miles de banderolas en todas las farolas de la ciudad. Era el de una desconocida Whitney Houston, la imagen más fresca y agradable que recuerdo del “show business”. Luego supe que cantaba muy bien, que se convirtió en una estrella, que protagonizó películas de gran presupuesto y baja calidad… Ganó mucho dinero, pero nunca recuperó aquella sonrisa de frescura primaveral.